En el CIM de Cartagena

Formados y uniformados de gala, un domingo o dia de fiesta cualquiera, allá por la primavera del 70

Formados y uniformados de gala, un domingo o día de fiesta cualquiera, allá por la primavera del 70

 

Para mi la mili siempre fue algo indeseable que irremediablemente tenía que pasar. Desde que empecé a tener uso de razón, el hecho de tener que hacer algo a la fuerza me producía desasosiego e impotencia y no consideré nunca justo que el Estado obligara a sus ciudadanos a permanecer en sus fuerzas armadas un tiempo determinado. Un tiempo, en la mayoría de los casos, inútil, donde sólo se aprendía a barrer, fregar o estar al servicio particular de determinado mando. Un tiempo, que en muchos casos, suponia la interrupción de los estudios, aprendizaje de cualquier actividad profesional o echar por la borda una profesión o actividad que hasta esos momentos iba viento en popa.

La mili, o servicio militar obligatorio, no sólo tenía los inconvenientes mencionados y que se podrían considerar de índole material, sino que además, suponía asumir obligatotiamente una serie de conceptos de cariz politico, moral y religioso, al menos en la época en que a mi me tocó hacer el sevicio militar. Una época donde en España se vivía, se sufría, vaya, una dictadura pura y dura donde los ciudadanos en el ámbito civil, ya no teníamos practicamente ningún derecho reconocido, así que en el militar es fácil imaginarse el derecho o los derechos que nos asistían.

La mili supuso para mi, aparte de los inconvenientes ya mencionados, tomar contacto con un severo régimen disciplinario en todos los ámbitos, donde tanto a la voluntad como a la iniciativa propia le quedaba muy poco margen de maniobra. Por primera vez en mi vida me consideré un número con uniforme… un número con el que se puede hacer cualquier cosa sin que le asista ningún derecho…un número al que cualquier mando superior puede pegar, insultar, humillar…un número donde se pierde la condición de persona para convertirse en un ser sumiso, obediente, resignado, temeroso…un número al que se le inculcan e imponen valores con los que no estuvo nunca de acuerdo…un número al que pese a todo, conseva la esperanza y la ilusión de que un día u otro, acabe aquella pesadilla.

No sé si las personas venimos a este mundo con cierta predisposición para hacer unas cosas u otras. Si es así, yo no nací predispuesto para la vida militar. Siempre vi en el ejército, en cualquier ejército, una enorme maquinaria de matar. Una máquina donde en muchas ocasiones el soldado está al servicio de una ideología, de una religión, de un régimen dictatorial, de los intereses materiales y sociales de unos cuantos…Podría poner miles de ejemplos porque la historia está repleta de ellos, pero mencionaré uno que por su cercanía en el tiempo y por las gravísimas consecuencias que tuvo y sigue teniendo, conocemos todos: la invasión de Irak por parte de los americanos y sus aliados, entre los que se encontraba nuestro país, España. Una guerra atroz justificada desde la mentira y la manipulación de las masas. Una guerra ilegal donde se creía que su invasión y hacerse con el control del país, y sobre todo del petróleo, era un juego de niños, pero que como todos sabemos, de eso nada y se pueden contar por decenas, quizás centenas, de miles, las víctimas de esa guerra, de entre las cuales hay muchos niños, mujeres, ancianos y civiles en general.

Es una pena que el mundo esté gobernado por lo peor de su gente y una pena que los ejércitos estén subordinados al capricho de estos gobernantes de turno.

Tambien es cierto, y sería injusto no reconocerlo, que en la actualidad, hay encomendadas misiones a los ejércitos de cariz humanitario cuyo propósito es velar por la seguridad de ciudadanos amenazados por catástrofes naturales, por conflictos bélicos de diversa índole y naturaleza, etc, pero son los menos, desgraciadamente.

En fin… y tantas y tantas cosas más.

Hoy, cuando han pasado 38 años, cuando los cambios en nuestras vidas y en nuestra sociedad, han sido tantos, es inevitable, a pesar de todo, recordar aquella época con un puntito de añoranza y agridulce melancolía, porque como todo en la vida, la mili tambien tuvo para mi su parte positiva.

En uniforme de trabajo... Izquierda, un compañero de Barcelona del que nunca he vuelto a saber nadade él... Derecha, yo mismo 38 años mas joven

En uniforme de trabajo con un compañero de brigada de Barcelona del cual no he vuelto a saber nada desde entonces. A la derecha, yo mismo 38 años más joven

Me dejo muchas cosas en el tintero, o mejor dicho, en el teclao del ordenador, porque no quiero ponerme pesao y dar la impresión de que soy una persona a la cual la mili lo traumatizó de por vida… Que va!… Sigo siendo el mismo de siempre, bueno… unos años más vejete, pero en mi siguen estando vivas las ideas que siempre tuve sobre la sociedad, la politica, la religión, el ejercito, las guerras,etc. También sigo teniendo el mismo concepto sobre la Patria que siempre había tenido, y no el que intentaron inculcarme sin éxito, eso sí.

Nunca tuve vocación de héroe, ni  hubo en mi, la intención, ni mucho menos el deseo, de dar mi vida o ” derramar hasta la última gota de mi sangre por Dios y por la Patria y los Gloriosos Principios del Movimiento Nacional”

¿Qué Patria? ¿que Dios?… ¿la Patria que me reprimía, me oprimía, que me prohibía pensar, que si no tenía trabajo, me moría de hambre…? ¿ o aquella Patria que me obligaba estar allí 18 meses en contra de mi voluntad a cambio de la porquería de comida que me daban? No, nunca quise que llegara el momento de tener que defender una patria así. Pensaba, que si alguna vez se me presentaba la ocasión de dar al vida,  que fuera por algo más importante.

¿Qué Dios?  Pensaba, que si realmente existía Dios, no podía ser aquel que estaba aliado con Franco y su facistoide camarilla decolaboradores. Por lo tanto, por aquel Dios tampoco estaba dispuesto a dar la vida (al menos, voluntariamente).

La mili sólo fue para mi una enfermedad pasajera que se curó rápidamente sin dejar secuela alguna, si exceptuamos, eso sí, la añoranza y la agridulce meláncolía de esos recuerdos agradables que viví en esa época junto a otros compañeros de fatigas con los que conviví y compartí tanto las cosas buenas como las malas.

Llegué o arrivé (todavía me acuerdo de algunas palabras del argot marinero) procedente de Barcelona, al CIM, un dia 3 de Abril del año del Señor 1970. Fue por la tarde. Llegamos en fila de tres desde al estación. El enorme patio ya estaba lleno de reclutas vestidos de paisano de otras procedencias. Nunca había vista tanto tío junto en un espacio relativamente pequeño. Pese a la muchedumbre, sólo se escuchaba un leve murmullo interrumpido de cuando en cuando por las voces de los marineros  veteranos del cuartel y algún mando dando órdenes. Tambien se escuchaban a menudo mensajes por la megafonía.

Me sorprendió que entre aquella ingente cantidad de colegas, hubiera muchos  cuya estética tanto en el vestir como en el pelo, podía suponer y  según mis criterios de entonces,  un inconveniente a la hora de ser tratados, especialmente en la barbería. Servidor, aconsejado por familiares y amigos, me había hecho un buen corte de pelo con la esperanza de que a la hora de pasar por la barbería no me tocaran la cabeza; pero de nada me sirvió tal previsión, porque como hacían a todo el mundo, me metieron la maquinilla por la frente y salió por el cogote, dejándome la cabeza casi como una bombilla.

Nos hicieron formar y como era hora del armuerzo, lo primero que hicimos fue entrar en el comedor donde la primera impresion que tuve no fue muy agradable. En las mesas todavía había restos de comida del anterior turno. Nos fuimos sentando cada uno en el lugar que nos asignaron. En una bandeja, ensalada de lechuga y cebolla y un bistec no sé de qué, rebozado y que flotaba en un dedo de liquido que no supe si era agua, vinagre… o qué se yo… había vino, pan y de postre una naranja cuya calidad no desmerecía al resto del menú.

con-unas-copillas-de-vino

De tiro

De marcha hacia un campo de tiro. Colgado del hombro un viejo mosquetón con el que dispararia las dos únicas balas que disparé en toda la mili. Con ninguna de las dos le di al blanco, eso si, al cerro que habia detrás le di de lleno

Lo dejo por hoy…ya continuaré con esta historia otro día. Agregaré más fotos…que tengo la tira…

Bueno, continuamos:  pues depués de comer, nos hicieron formar de nuevo en el patio con el objeto de continuar con todo el proceso de incorporacíon al cuartel. Estuvimos un buen rato formados en posición de descanso sin saber muy bien cual sería el próximo paso. Se escuchaban en la fila comentarios diversos: a las duchas, a la barbería, al medico…finalmente, la fila se puso en marcha y hasta que no estuvimos dentro del local no supimos cual sería la próxima etapa. Esta fue la de desprendernos de todas nuestras ropas y objetos personales y pasar a las duchas. Previamente nos había dado una toalla, una pastilla de jabón, unos calzoncillos y una camiseta, Las duchas era un lugar contíguo al local donde nos despojamos de la ropa de paisano que llevábamos. Era un enorme local de techo alto y amplios ventanales. En el centro, dos fileras de labavos en perfecto estado de conservación y limpieza y al fondo las duchas, que eran individuales aunque la separación entre ellas era un estrecho tabique. El agua era caliente y abundante. El tiempo  que estuvimos debajo del chorro de agua, tambien suficiente. De las duchas, en calzoncillos blancos y camiseta tambien blanca, de las llamadas de tirantes, y como siempre en fila india y sin saber a donde íbamos con esa guisa, salimos de las duchas y pasamos a la barbería o al médico, no me acuedo exactamente del orden. Sé que estos fueron los dos últios pasos antes de, por fin, entrar en lo que sería nuestro dormitorio y nuestro lugar de estar durante el tiempo que duró el periodo de instrucción.

La  revisión médica fue tal y como yo sospechaba y temía: ” bájate los calzoncillos y descapulla”  La verdad es que como conseguencia del  el estado anímico en que me encontraba,  la tensión y la vergüenza que sentía, tuve verdaderos problemas para encontrarme el “pito” en aquellos momentos. Me urgaron en los testículos y me miraron la garganta. Nunca en mi vida le había enseñado mi “pito” a tanta gente, como lo enseñé durante los 18 meses que estuve en la mili. Que obsesión tenían por revisarte a menudo los genitales. Nunca me tomaron el pulso, ni me miraron la tensión, ni me auscultaron, pero la chorra, no la dejaron nunca tranquila.

Fuí asignado a la 1ª brigada, cuyo dormitorio (sollado, en el argot marinero) y lugar de residencia para todo lo demás, estaba en el segundo piso, a la cual se ascedia por una amplia escalera. Era un local enorme, bien iluminado y limpio donde las literas, de dos pisos, ocupaban practicamente toda la superficie. Al entrar, a la derecha, había un pequeño local donde los cabos instructores estaban casi siempre, no supe nunca ni sé ahora, para que servía.  Arrimadas a las paredes, la taquillas metálicas donde guardábamos tanto la ropa como el resto de efectos personales. Me tocó una litera inferior, en el centro longitudinal del local y cuya cabecera quedaba muy cerca de uno del grandes ventanales de que disponía el recinto. La litera era amplia y cómoda aunque siempre resulta incómodo tener  encima a otra persona acostada cuyos inevitables movimientos siempre producen ruído más si tenemos en cuenta que el somier era métálico  y el chirreo era la mar de molesto. El colchón nunca supe de que material estaba lleno (supuse que de borra) y toda la ropa que tenía era una manta marrón con tiras algo más claras y la funda de la almohada. Después de la ducha, el pelado, todo el trajin al que fuimos sometidos,el no haber dormido práticamente nada durante la noche anterior, supuso un sedante importante no dejando espacio alguno a la extrañeza propia de la novedad en todos los ambitos que suponía mi estancia allí…..

Es curioso, pero del segundo día y siguientes, poco podría precisar. Llos recuerdos se mezclan de forma aleatoria sin que pudiera en estos momentos darle un orden cronológico preciso. Así que iré dando cuenta de estos recuerdos a medida que se me vayan ocurriendo.

Durante los primeros días, poco a poco fuimos conociéndonos los unos a los otros, especialmente los vecinos de litera, por razones obvias, y a medida que fue pasando el tiempo, ese conocimiento se fue ampliando, aunque servidor que siempre ha sido una persona bastante introvertida y reservada, siempre tuvo dificultades para relaccionarse, pero por suerte para mi, siempre hay quien se abre y te ayuda a salir de esa situación tan embarazosa. Nunca tuve en toda la mili, eso sí, nadie entre los marineros de reemplazo, al que tuviera que hacer ningún reproche, al menos entre el círculo de amistades y conocidos que fui cosechando durante el tiempo que permanecí en el cuartel. Aunque si tendría motivos para ello si hubiese descubierto quién o quienes, me sentaron de culo en la letrina o turca -el retrete, vaya- para joderme la gorra, o al gracioso que en mi primera imaginaria (que como que la acabé un par de horas antes de tocar diana, decidí acostarme vestido, incluso con las botas puestas) tuvo la perversa idea de atar bien atados los cordones de estas, a una barra de la litera. Podeis imaginaros mi situacción en el momento del toque de diana sabiendo que a los diez últimos en salir de la brigada, siempre los castigaban con un par de baldeos. Tambien recuerdo una noche donde un cabronazo, tuvo la incomprensible e inexplicable idea de lanzar al imaginaria de guardia una lata de sardinas en conserva sin abrir, por cuyo incidente, más de media brigada tuvo que bajar al patio a formar en calzoncillos hasta que amaneció, donde además, tuvieron que valdear todo el cuartel. Yo en aquella ocasión me salvé porque dadas las circunstacias se dedujo con acierto el origen aproximado de procedencia de la maldita lata, quedando excluida, por lógica, la zona donde estaba ubicada mi litera.

Recuerdo que las imaginarias las hacíamos armados con un machete colgado de un cinturon de tela color grís, el cual siempre debía estar en perfecto estado de revista; lo que significaba que siempre se tenía que estar sacándole brillo. Otra curiosidad es que el arma que utilizamos durante todo el periodo de instrucción, incluso en el tiro, fue un mosquetón en desuso y que podeis ver en una de las fotografías cuyo nombre era Mauser español 1943 o algo así. Con esta arma hice los dos únicos disparos que hice en la mili y en toda mi vida hasta ahora.

Ir al tiro era todo un acontecimiento porque nos llevaban a un campo a las afueras de Cartagena. Ese día, incluso comíamos alli. A la hora de disparar aquello se convertía en un ceremonial donde daba la impresión de que más que tios hechos y derechos con 22 años a las espaldas,  éramos niños de 6 años. Cuando te tocaba el turno de disparar, se ponian dos cabos instructores, uno a la izquierda y otro a la derecha y te acompañaban hasta el lugar donde  se realizaban los disparos. Durante el corto trayecto que había que andar, el mosquetón debía estar horizontal a la altura de la cintura y en dirección al blanco, sin que bajo ningún concepto, pusiera modificarse esa dirección; dando por hecho, que si esto ocurría, te ibas a cargar a alguien. La falta de confianza en los reclutas era tan evidente como exageradamente precabida.  Yo hice los dos tiros  sin que ninguno de los dos acertara a dar enel blanco, ni cerca ni orilla; vi, eso sí, el polvo que produjo el balazo en la montaña que había detrás del blanco. Nunca más volví a disparar balas de este calibre, pero luego en el barco volví hacerlo pero con “balas” de 40 kg, pero ese es otro cantar.

Bueno, antes de qu e se me olvide: La ropa que nos dieron fue la ostia: toda de estreno y flamante. Consistía en dos o tres mudas de ropa interior, un par de toallas blancas, calcetines negros, dos pares de botas, unas zapatillas de lona y suela de goma, pero que no eran ni mucho menos una Nike, un pantalon azul claro para hacer gimnasia, tres uniformes blancos de verano,uno azul marino de paño para el invierno y un chaquetón del mismo color, una camiseta de un tejido especial y que picaba mucho, de color amarillenta con rebordes azul oscuro y de cuyo nombre no me acuerdo, un tafetán, un peto de gala, un lepanto, dos gorras grises de trabajo comlementarias con dos trajes grises de faena, ah, y una tablilla de madera de unos 25 cm de larga y unos 7 de alta con cuatro números enormes que llevámos colgada al cuello durante todo el tiempo que duró el periodo de instrucción. Me acuerdo que los dos primeros números eran 47.  Con aquel traje gris, cuya talla era al menos dos númeross más de las que necesitabas, pelado al cero y con aquella tablilla colgada al cuello bien visible, parecíamos unos auténticos presidiarios. Con el resto de la vestimenta era diferente; hasta había momentos en que tu autoestima se ponía por la nubes, excepto cuando eras veterano y te tenias que vestir de blanco, porque este uniforme cada vez que se lavaba encogía y los últimos meses de mili, los pantalones parecian los actuales piratas y la chaquetilla se quedaba como la de un torero. Esto ocurría en los casos como el mío que tuve que pasar dos veranos  ”entre rejas”

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.